domingo, 5 de agosto de 2012

Marcelo Daniel Díaz




Marcelo Daniel Díaz nací en 1981. Vivo en Córdoba. Me gano la vida como docente en letras. No creo que la literatura encierre alguna clase de trascendencia, ninguna forma del arte, pero entiendo que las cosas tendrían menos sentido si dejara de escribir. Como si la escritura por momentos le devolviera, a modo de ilusión quizá, significación al mundo.



. Satélites .
Para el ojo del astrónomo
somos pequeñas gotas que caen en la tierra
desde un cielo ladeado en sus extremos.
Y para el ojo de los seres queridos
brillan los paneles de los satélites.
No sé explicarlo: es un candado de luz
ahogando la materia oscura.



 



. La estación .
Por un instante el planeta es una estación de servicio.
Me hablaron sobre su núcleo,
un corazón incandescente y amarillo
como la capa de Flash Gordon.
El auto necesita un cambio de aceite,
pero no nos detenemos.
Cruzamos el campo
igual al disco de Led Zeppelín.
Pienso en una película de ciencia ficción,
en el horizonte las naves espaciales
relampaguean distantes.





. Newton y yo .
La manzana que cayó durante la siesta de Newton
descansa en mis manos
como un agujero negro hambriento de sentidos.
La muerte de los cometas cabe en su núcleo.
Escribo el poema
con lo que tarda un rayo de luz
en aparecer en el mundo.
Newton sabía que los árboles
trabajan a la inversa de la gravedad,
lo leyó debajo de sus píes:
en cada hombre, comprimida,
hay una descarga universal
del tamaño de un planeta.


* Los poemas precedentes corresponden al libro “Newton y yo” (Editorial Nudista, 2011).



. Transatlántico .
(inédito)

Nada los cubre más
que un manual de instrucciones
o un libro de palabras cruzadas
la cola avanza y retrocede
le hace mimos y le quita sus
juguetes para la playa
como si lo hubiese tragado una boca
de tormenta
siempre de a dos
como en la cocina
pero en la proa.
El con sus antiparras puestas,
ella con sus piernas anfibias
preparadas
para darse un chapuzón dentro del
domo;
inmunes a la lactosa
en medio del éxtasis
preferible quemarse de una vez
antes que apagarse lentamente.
La camarera escucha:
si me querés- hermosa oración
para analizar las categorías vacías.